Hace mucho tiempo, en una extensa y muy poblada comarca vivía un principito, hombre bien parecido (a decir de las señoritas) y de prolijo bigote. Dirigió los destinos de la región durante 6 años, pero llegaba el tiempo de partir; era en diciembre la fecha estipulada.
Embelezado por los atributos que le confería su lugar en la realeza, enfrentó duramente con quien había ocupado su lugar en dos oportunidades, y hasta había logrado ser rey por un tiempo.
Maldijo, blasfemó y juró no volver a tratar con quien, cierto día, pasó a ser el referente entre el grupo de los sabios. Aseguran que esa sabiduría creció con los años, y no por su erudición, precisamente.
Cierto día, el príncipe pidió permiso para visitar al sabio, beneficio que le fue otorgado. Es que su majestad Efe requería consejo ante el desaire que advertía de parte del nuevo hombre fuerte del reino, quien abdicaría para dejar el trono a su esposa.
En casa del Sabio Macrocéfalo, el príncipe rezó sus penurias y broncas. “No me dan bola, me apartan”, repetía, al tiempo que montaba en cólera e insistía con sus reclamos: “qué hago, qué hago”, peguntaba.
Su consejero meditó unos momentos y habló: “asumirás tu nuevo cargo, pero deberás mantenerte con perfil bajo, para recién entonces armar tu propio juego”, sentenció.
El príncipe agradeció las palabras y prometió cumplir a pié juntillas con lo dicho por el sabio. Y colorín, colorado, este cuento no ha terminado…
Se entendió, no?



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